
La tauromaquia es un arte. Un arte efímero que se escribe en el viento, sí, pero una actividad del alma que precisa de una liturgia previa, un ritual; una cordura en su génesis que de ninguna manera puede permitir aberraciones como el cartel de la corrida picasiana del próximo 11 de abril de 2009.
La feliz idea de la empresa ha sido la de juntar en un mismo cartel a toreros altamente exiguos; Rivera Ordóñez y El Cordobés no son precisamente espadas destinados a la gloria y las hemerotecas, salvo la honrosa excepción del francés Sebastián Castella. Pero volvamos al arte: si éste está destinado a perdurar como la pictórica de Picasso, no se comprende cómo un festival en su honor se conforma con carteles populacheros. Es necesario que esta ciudad, y su insigne pintor, estén representados ante la ciudad y el mundo por matadores que de verdad dignifiquen la torería que los malagueños nos merecemos.
Con carteles como éste, la empresa organizadora pone de manifiesto dos cosas: de una parte una irresponsabilidad tremenda a la hora de configurar las corridas (y eso que omitimos valorar el ganado), y de otra una falta de consideración hacia un público que se supone que asiste a una plaza de primera y que paga religiosamente su entrada.
Va a ser que tenemos la plaza y los toros que nos merecemos. O no.

